No es exagerado decir que casi en el fin del mundo, en pleno Océano Pacífico, en el sur de Chile, Chiloé es uno de los archipiélagos más referenciales de ese país. Sin embargo, como suele ocurrir con aquellos enclaves que no implican grandes ciudades ni su derivado de hacinamiento poblacional y consumo voraz, las islas -como casi todo el sur- han sido históricamente ninguneadas por la metrópolis chilena. Alli habitan, trabajan y sufren peripecias económicas para sobrevivir, poco más de 167 mil chilotes, que es como se denomina comúnmente a los nativos de ese lugar. Además de cada tanto recibir algunos turistas (la mayoría del propio país), los chilotes se dedican a la pesca. En realidad, esa es precisamente su señal de identidad y también de orgullo. Ser pescador o pescadora artesanal (allí abunda el salmón) es para quien lo practica como forma de vida, una verdadera cultura, que pasa de padres a hijos y que reúne su buena cuota de sinsabores, pero también, de tanto en tanto, cae una alegría para ayudar a seguir aguantando, como escribiera uno de los poetas de la zona.