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"Mi trabajo son tus derechos"

Juntos por un mundo justo: Una nueva visión de la solidaridad internacional

Juntos por un mundo justo: Una nueva visión de la solidaridad internacional

Columna de opinión escrita por el dirigente Ali Yalçın, Presidente de la Internacional Labour Confederation (ILC)* y titular de la Confederación de Servidores Públicos de Turquía (MEMUR-SEN), organización hermana de la CLATE.

El orden global está experimentando una profunda transformación impulsada por la inestabilidad económica, las tensiones geopolíticas, el cambio tecnológico y la crisis ecológica. Cuatro décadas de reestructuración neoliberal han generado una crisis estructural del trabajo, marcada por la profundización de la desigualdad, la erosión de los derechos colectivos y la fragmentación de la solidaridad de clase. Los gobiernos neoliberales autoritarios han reducido el espacio democrático, a la vez que han expandido la movilidad global del capital, intensificando la precariedad y la explotación, especialmente en las economías periféricas.

En este contexto, las instituciones internacionales existentes se enfrentan cada vez más a dificultades para abordar las raíces estructurales de la desigualdad.

Ali Yalçın, presidente de la ILC y MEMUR-SEN de Turquía

En esta coyuntura, el surgimiento de la Confederación Internacional del Trabajo (CIT), ILC en sus siglas en inglés, representa un esfuerzo por reconstruir la solidaridad laboral transnacional mediante una crítica sistémica del capitalismo global. La CIT promueve una visión alternativa centrada en la justicia social, la participación democrática y un orden global centrado en el ser humano.

El mundo está experimentando una transformación de una escala, velocidad y multidimensionalidad históricamente inusuales. La inestabilidad económica, las tensiones geopolíticas, las revoluciones tecnológicas y la ruptura ecológica no sólo se desarrollan simultáneamente, sino que son dinámicas, se refuerzan mutuamente y están transformando el orden global. Esta transformación estratificada está exponiendo una profunda crisis estructural, en particular en los regímenes laborales.

La devastación social y económica acumulada por las políticas neoliberales durante las últimas cuatro décadas converge ahora con formas emergentes de competencia neoimperialista, alterando fundamentalmente tanto la posición del trabajo en los procesos de producción como su posición social.

Desde finales de la década de 1970, la reestructuración neoliberal se ha institucionalizado globalmente como un proyecto sistemático dirigido al trabajo asalariado, el Estado de bienestar y los derechos colectivos. Las políticas de privatización, desregulación, flexibilización y desindicalización han erosionado el marco protector históricamente construido de las relaciones laborales y han establecido un nuevo régimen de acumulación a favor del capital.

El resultado más visible de este proceso ha sido la profundización de la desigualdad a escala global. La concentración de una parte significativa La acumulación de la riqueza global en manos de las capas más altas de la población demuestra que el orden neoliberal no opera como un resultado contingente, sino como un mecanismo estructural de redistribución. La transferencia sistemática de riqueza hacia arriba se ha convertido en una característica constitutiva de este régimen.

Esta transformación no se limita al deterioro de los indicadores económicos. Mediante estrategias de individualización y un discurso centrado en el mercado, el neoliberalismo también ha reconfigurado los fundamentos ideológicos de las relaciones sociales. El éxito social ya no se define por los derechos colectivos y la solidaridad, sino por el desempeño individual y la capacidad competitiva; el ciudadano, como titular de derechos, se ha reconfigurado como consumidor de servicios. Las desigualdades estructurales se han replanteado como resultado de decisiones individuales en lugar de como productos de las relaciones políticas y económicas, mientras que la noción de bien público se ha devaluado bajo el predominio de la racionalidad del mercado. Este marco ideológico ha institucionalizado un modo de gobernanza que codifica la política social como una «carga» y la solidaridad como un «costo».

Uno de los instrumentos más eficaces de esta transformación ha sido el desplazamiento de la lucha colectiva de clase por la política identitaria. Si bien las reivindicaciones identitarias son campos históricamente legítimos y necesarios de la lucha social, bajo la hegemonía neoliberal se han rearticulado dentro de una cultura política fragmentada que margina la solidaridad de clase.

Los problemas estructurales compartidos por los trabajadores —bajos salarios, precariedad, duras condiciones laborales y erosión de la protección social— se han vuelto invisibles a la sombra de las polarizaciones identitarias. El sentimiento antiinmigrante, las tensiones étnicas y culturales, y los discursos nacionalistas han colocado a segmentos de la clase trabajadora en competencia, generando divisiones que benefician al capital y reproduciendo la lógica de «divide y vencerás» a nivel social.

La consecuencia más inmediata de esta fragmentación ha sido el debilitamiento del movimiento obrero. En muchos países, los sindicatos se han visto divididos, marginados o políticamente limitados. Este declive no puede explicarse únicamente por problemas organizativos internos. La prohibición de huelgas, la reducción de los espacios de negociación colectiva, la expansión de la subcontratación y la institucionalización de formas precarias de trabajo.

El empleo y las regulaciones que restringen la influencia política de las organizaciones laborales forman parte de una orientación estructural más amplia que limita sistemáticamente la capacidad colectiva del trabajo. El neoliberalismo autoritario que se observa hoy en día en muchos países restringe la esfera política, a la vez que amplía la libertad de movimiento del capital tanto a nivel nacional como global.

Esta transformación económica y política se ve intensificada por las crisis ecológicas y humanitarias. La crisis climática, como resultado estructural de la acumulación descontrolada de capital, acelera la destrucción ambiental, mientras que los costos de esta devastación recaen desproporcionadamente sobre los pobres y los trabajadores. Guerras, crisis alimentarias, escasez de agua y desastres ambientales desplazan a millones de personas, mientras que la resultante masa de trabajadores migrantes constituye el segmento más vulnerable y más intensamente explotado de los mercados laborales globales.

Estados Unidos, Europa Occidental, Japón y sus aliados configuran las reglas económicas globales a través de instituciones como el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, lo que hace que los países periféricos dependan de la producción de bajo valor agregado y de ciclos de mano de obra barata mediante regímenes de deuda, programas de ajuste estructural y monopolios tecnológicos. Si bien la prosperidad de los países centrales se basa en una red asimétrica de relaciones basada en la continua transferencia de valor desde la periferia, el discurso del «desarrollo» funciona como un marco ideológico que oscurece estas relaciones de dependencia.

En un momento en que las desigualdades globales se profundizan y la presión sobre el trabajo se intensifica, la capacidad de las instituciones internacionales para transformar esta realidad se cuestiona cada vez más. Desde las Naciones Unidas (ONU) hasta la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y las confederaciones internacionales del trabajo, muchas instituciones poseen un importante legado normativo; sin embargo, dentro de las relaciones de poder existentes, a menudo tienen dificultades para generar cambios estructurales. Estas limitaciones no son principalmente resultado de la intención institucional, sino más bien de presiones estructurales como el creciente poder global del capital, la fragmentación del trabajo y la contracción del espacio democrático.

Es precisamente aquí donde se hace visible el dilema fundamental que enfrentan las organizaciones internacionales del trabajo. Cuando las organizaciones del trabajo operan bajo el control o la influencia del capital, hablar de «igualdad» sin cuestionar las desigualdades estructurales producidas por el orden mundial capitalista, o de «justicia» sin confrontar las relaciones globales de explotación, se vuelve cada vez menos convincente.

En este contexto, el trabajo se posiciona como portador de la crisis y como sujeto central de una posible transformación social. El desafío para el trabajo hoy ya no es simplemente el deterioro de las condiciones laborales; Se encuentra en la erosión sistemática del valor social del trabajo, su capacidad de representación política y su poder organizativo colectivo. Por lo tanto, lo que se requiere no es una reforma parcial del orden existente, sino la construcción de un nuevo orden mundial basado en derechos y centrado en la justicia estructural.

Un Nuevo Paradigma Laboral Internacional y el Rol Fundacional de la CIT

El impasse que enfrenta el movimiento obrero mundial no puede explicarse únicamente en términos de capacidad organizativa o representación; apunta a una necesidad histórica más profunda. La Confederación Internacional del Trabajo (CIT) surgió precisamente en este contexto. La creación de la CIT no es simplemente una nueva iniciativa organizativa, sino el resultado de la búsqueda de una dirección estratégica para la lucha obrera mundial. Su objetivo es reunir a las fuerzas trabajadoras fragmentadas en un terreno de lucha común.

Asamblea de la CIT en Turquía, febrero de 2024

La experiencia histórica demuestra que la clase trabajadora se debilita frente al capital cuando está dividida. En cambio, el capital ha alcanzado un alto grado de integración a través de las corporaciones multinacionales y las redes financieras globales. La CIT busca superar esta asimetría reconstituyendo la solidaridad obrera global frente a la movilidad global del capital. Esta solidaridad se fundamenta en una unidad de clase que trasciende fronteras geográficas, divisiones sectoriales y diferencias de identidad.

Uno de los rasgos distintivos que distingue a la CIT de otras estructuras es su articulación de la solidaridad global con una crítica explícita del sistema. La CIT no aborda las violaciones de los derechos laborales, la precariedad, los bajos salarios ni la mercantilización de la esfera pública como decisiones políticas aisladas, sino como resultados estructurales del modelo de acumulación capitalista y del imperialismo. Por consiguiente, su lucha se dirige no sólo a las consecuencias visibles, sino a los mecanismos que las producen.

En otras palabras, el objetivo de la CIT no se limita a criticar el orden existente. Busca desarrollar una visión alternativa que demuestre la posibilidad de un modelo social centrado en el ser humano, igualitario, libre de explotación y ecológicamente sostenible. Este horizonte se fundamenta en una visión económica que prioriza las necesidades humanas y el bienestar social; la desmercantilización de los servicios públicos; el control democrático de los procesos de producción; la redistribución justa; y una transición ecológica justa.

Servidores Públicos de Turquía movilizados en su día

Al mismo tiempo, la CIT adopta un modelo organizativo basado en la democracia participativa, la organización de base, el pluralismo y la toma de decisiones horizontal. Este enfoque busca fortalecer la conexión del movimiento obrero con sus bases, democratizar la toma de decisiones y fortalecer la legitimidad social.

En conclusión, el enfoque de la CIT no consiste en excluir las instituciones existentes ni dividir el mundo laboral, sino en fortalecer el movimiento obrero global mediante una estrategia más inclusiva, independiente, centrada en la justicia y solidaria, que reconozca el legado histórico de las organizaciones internacionales del trabajo. Esta perspectiva busca fomentar la participación constructiva a nivel internacional y reconstruir el poder colectivo de los trabajadores.

En la coyuntura histórica actual, las prácticas que socavan la legitimidad de otras organizaciones laborales mediante campañas negativas, obstrucción o la intensificación de la competencia solo sirven para profundizar la fragmentación y debilitar al movimiento obrero en su conjunto. Lo que se requiere, en cambio, es la construcción de una línea de lucha común basada en la cooperación y la solidaridad entre organizaciones laborales de diferentes tradiciones y formas organizativas ante amenazas compartidas.

Asamblea de la ILC en Turquía

Con este objetivo se fundó la CIT: dotar a un movimiento obrero global fragmentado y debilitado de una nueva unidad, una nueva orientación y una dirección estratégica compartida, basada en una visión común.

Al reunir a organizaciones sindicales de diferentes regiones en este marco, la CIT busca fortalecer la capacidad contrahegemónica del movimiento obrero frente a la dominación global del capital. En este sentido, la CIT no es simplemente una organización; es una visión colectiva para el futuro del trabajo, un sujeto transformador arraigado en la solidaridad internacional y la expresión de una voluntad compartida por un orden mundial más justo.

Declaración de Condena a la Intervención Militar de EE. UU. en Venezuela

A través de un comunicado (que puede leer aquí), la CIT expresó que “esta intervención es una clara manifestación de la geopolítica energética, la rivalidad entre grandes potencias y la convergencia de sanciones y fuerza militar. Una vez más, el discurso de la democracia y los derechos humanos se ha instrumentalizado para legitimar cálculos geoestratégicos. Este enfoque no solo socava la soberanía de Venezuela, sino que también desestabiliza el sistema internacional en su totalidad”.

Y agrega: “La experiencia histórica no deja lugar a ambigüedades: ningún país en el que Estados Unidos haya llevado a cabo intervenciones militares ha logrado una estabilidad duradera e inclusiva. La invasión de Irak provocó la muerte de cientos de miles de personas, la destrucción del tejido social del país y una inestabilidad regional generalizada. Libia se ha fragmentado y transformado en una geografía de conflicto permanente. Políticas intervencionistas similares, desde Afganistán hasta Siria, solo han producido devastación, guerra civil, desplazamiento forzado e inseguridad persistente”.

“Hacemos un llamamiento a la comunidad internacional —en primer lugar, a la Asamblea General de las Naciones Unidas, así como a todos los componentes del movimiento sindical internacional— para que adopten una postura clara y de principios contra los dobles raseros, la aplicación selectiva del derecho y la política de fuerza. Defender la Carta de las Naciones Unidas, el principio de soberanía estatal y las normas universales del derecho internacional no es una cuestión de elección hoy, sino una responsabilidad histórica. La paz duradera, la democracia y la prosperidad social no se pueden lograr con bombas, ocupaciones ni sanciones, sino mediante el diálogo, la solidaridad y el respeto a la voluntad de los pueblos. La Confederación Internacional del Trabajo seguirá solidarizándose con el pueblo venezolano y con los trabajadores de todo el mundo, y continuará su lucha con determinación contra la guerra, el intervencionismo y las políticas de poder imperial”, concluyen.

*Establecida durante su reunión inaugural en Estambul, Turquía, el 21 de octubre de 2022, la CIT celebró su primera Asamblea General Ordinaria en febrero de 2024. Actualmente, representa a más de 30 millones de trabajadores en todo el mundo y se esfuerza por “defender los derechos de los trabajadores a escala global, impulsada por la convicción de que el trabajo es un valor universal, y un mundo justo sólo se puede construir a través del trabajo”.

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